Los Mexicanos
“Temas de Fondo” de México…
Por: Ricardo A. García Sidas
http://ricardogarciasidas.blogspot.com/
Mi motivación principal para escribir este texto es que los lectores me detesten…
Donald Robert Perry Marquís, mejor conocido como “Don Marquís”, autor y humorista estadounidense, alguna vez dijo que
"Si haces creer a la gente que piensan, te adorarán. Pero si realmente los haces pensar te detestarán”[1], así pues
quiero que los mexicanos me detesten, porque deseo despertar en todos ellos, y en los lectores, el deseo de reflexionar, de asimilar, de cambiar, de despertar y alzar la voz, de hacer “algo” con coraje.
Ser mexicano.
El célebre escritor mexicano, Octavio Paz, comparte su visión general del pueblo mexicano en su libro
“El laberinto de la soledad”, a continuación se citan un par de párrafos de su obra:
“A TODOS, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser —pura sensación en el niño— se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante.
A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el "genio de los pueblos" sólo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diversas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable. A pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer. "Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar", dice Novalis. No importa, pues, que las respuestas que demos a nuestras preguntas sean luego corregidas por el tiempo; también el adolescente ignora las futuras transformaciones de ese rostro que ve en el agua: indescifrable a primera vista, como una piedra sagrada cubierta de incisiones y signos, la máscara del viejo es la historia de unas facciones amorfas, que un día emergieron confusas, extraídas en vilo por una mirada absorta. Por virtud de esa mirada las facciones se hicieron rostro y, más tarde, máscara, significación, historia”.[2]
México, como país en vías de desarrollo, ha vivido una larga adolescencia pues hasta el día de hoy, 200 años después de su difícil nacimiento como nación en el movimiento independentista, aún se pregunta ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Durante el transcurso de los años algunas respuestas han sido formuladas y enseñadas al pueblo, por la clase política y empresarial (dominante), sin embargo el tiempo se ha encargado de desmentirlas casi todas, el problema es que estas no han tomado en cuenta al pueblo, sus necesidades o intereses, y han dejado al margen la realidad de los mexicanos para proyectar siempre, cual requisito de inicio de sexenio, un proyecto de nación que “siempre está vigente”, pero que nunca es alcanzado.
¿Qué distingue a los Mexicanos?
El mexicano es un “caso especial”, es una persona colmada de contrastes y de buenos deseos, de pesimismo y alegría, de ingenio y holgazanería, de habilidad e ignorancia, trabajador y parrandero; así pues, la identidad del mexicano es algo muy particular, intransferible y preciso, como dice el maestro Octavio Paz.
Hay quien opina que el mexicano se distingue por lo siguiente:

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Su ingenio inagotable
- Su irreverencia ante la muerte
- Su alegría y calidez
- Su impuntualidad
- Su avidez en la orfebrería
- Su futbol perdido en penales
- Su calidez ante el turismo
- Su machismo
- Su bravura
- Entre otros
Seguramente, usted que está leyendo se sentirán identificados con estos atributos, pero más allá de lo que nosotros creamos que somos debemos de avocarnos a ver lo que la historia y los hechos demuestran que somos.
Algunas realidades de los mexicanos.
En México “somos esclavos de lo que decimos y dueños de lo que callamos”, por eso la imagen retrógrada de la mexicanidad que está presente en la mente de casi todos los tricolores, y que se divulga ampliamente, cual estandarte de la vida cotidiana, tiene al pueblo embebido en una realidad autoinfligida, una mentira innecesaria, una constante que vive en las mentes de los ciudadanos que se convierte en una profecía autocumplida de la cual todos somos esclavos. Además, los mexicanos se han adueñado por gusto de ese país de tercer mundo, que no avanza, que no aprende de su historia, que simplemente sigue funcionando a medias y albergando a un pueblo ignorante y ciego; y todo esto sucede porque la gente tiene grandes paradigmas y todo el tiempo se habla siempre de los mismo en tono de queja, de molestia, pero nunca de proposición; y es que nadie se atreve a alzar la voz para decirle al resto de los compatriotas que las cosas pueden ser diferentes y que todo depende de la actitud de cada ciudadano.
Hay una frase muy simple pero muy cierta, que forma parte de las líneas de un peculiar personaje que aparece en el filme de Forest Gump, y es precisamente el protagonista quien dice: “Tonto es el que dice tonterías”, lo que puede resultar bastante obvio… pero entonces México es (en general) “un pueblo de tontos”, porque toda la gente vive viendo, pensando y diciendo puras tonterías… y de esto se han encargado los medios de comunicación que inundan todos los canales y frecuencias de entretenimiento basura de todo tipo y para todas las edades, que no informa, no educa, no hace pensar a la gente, ni les crea un juicio crítico, y por el contrario los vuelve prejuiciosos.
Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo alguna vez dijo: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”, y como en México la mayoría de la gente no hace nada para cambiar su realidad, es por eso que el país no sale de ser un intento de nación, y el pueblo un intento de ciudadanos.
Tal parece que México es un país de fanáticos de:
- Las chelas, que no faltan de miércoles a domingo
- Las telenovelas, para señoras, jóvenes y niños
- La selección mexicana de futbol

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El América, las Chivas, el Santos, y demás equipos de futbol soccer
- La famosa “weba” que dicen sentir a todas horas todos los pseudo-estudiantes y, en general, casi todos los jóvenes mexicanos.
- El pasito duranguense
- Los narcocorridos
- La Academia y American Idol (para los más “nice”)
- Los chistes, buenos y de mal gusto, de “Fabrica de Risas”
- MTV, Telehit, Teleritmo, Much Music, y demás
- Etc.
Así pues, todos los medios masivos tienen a la gente idiotizada, entretenida hasta babear de ocio, convertidos en fanáticos de… prácticamente todo.
Sir Winston Leonard Spencer Churchill, estadista, historiador, escritor y orador británico, y Premio Nobel de Literatura en 1953, decía: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema”, y en México la gente no sabe otra cosa que hablar de todo aquello que los mantiene entretenidos (telenovelas, futbol, chismes de la farándula, etc.), y por eso nunca se dan cuenta de los sucesos trascendentales, de los movimientos sociales, de los atropellos que comete el gobierno, de los saqueos que hacen las clases altas a las instituciones gubernamentales y paraestatales (por ejemplo el caso Pemex). No existe ningún interés por nada importante, significativo o trascendental, la gente se ha vuelto perezosa para pensar, para escuchar, y a veces hasta para opinar. Y cuando llega a opinar alguna persona, regularmente lo hacen sin fundamento:
a) Si es joven, que cree que entiende todo por solo leer el tendencioso periódico una vez al mes y platicar de “política” entre cerveza y cerveza en los drive-inns, o porque estudió ciencias políticas o relaciones internacionales en la UNAM o en cualquier otra universidad.
b) Si es viejo, cree que entiende a la perfección la farsa que se vive cotidianamente porque le tocó escuchar en las noticias, cuando niño, sobre la matanza del 68 en la plaza de las tres culturas y las marchas estudiantiles, de las que incluso alguna vez participó nuestro ilustre expresidente Ernesto Zedillo; sin embargo, nunca ha participado activamente en nada importante.
Ambos esgrimen su opinión como si fueran “pergaminos de verdad” irrebatibles, y culpan y responsabilizan a todo el que pueden: al gobierno, al sindicato de maestros, al PRI y a Beatriz Paredes, al PAN, de Fox y de Calderón, etc. pero ninguno asume su lugar en esta “Historia de México” que estamos escribiendo hoy y no asumen su responsabilidad como profesionista, votantes, miembros de familia, o como militantes de algún partido político; así pues, “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse así mismo” (León Tolstoi).
En México hace falta ACTITUD, y bien lo expresó alguna vez una de las mentas más brillantes del siglo XX, Albert Einstein: “La debilidad de actitud se vuelve debilidad de carácter”; por eso al mexicano le falta carácter para levantarse y denunciar lo que está mal, para aceptar sus errores y corregirlos, para participar de las causas sociales y trabajar por un país mejor.
Por eso hoy te invito a ti mexicano a despertar, a pensar, a investigar, a crecer como persona, a dejar el ocio y rescatar las mentes embebidas de tus seres queridos, de tus compañeros de trabajo, de tus amigos y vecinos. Te invito a cambiar y a aspirar a ser algo en la vida, pues como dijo Johann Wolfang von Goethe, poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán que ayudó a fundar el romanticismo a principios de 1800: “Uno tiene que ser algo para poder hacer algo”, por eso hoy te incito a que seas algo o alguien (un factor de cambio, un predicador, un pensador, un revolucionario, un visionario, un empresario exitoso, etc.), para poder hacer algo bueno e importante por este país, para dar ejemplo, para abrirle los ojos a los demás y alzar la voz todos juntos de modo que se puedan lograr cambios verdaderos que beneficien a la nación (al pueblo); para que cuando haya elecciones no sólo vote un 40% de los ciudadanos registrados en el IFE y cuando haya irregularidades exijamos “todos” una explicación.
México no es solo su espacio territorial, sus leyes, sus ineptos gobernantes corruptos, su música, o un sin fin de tradiciones; México somos nosotros, todo el pueblo, ricos y pobres, estudiados y analfabetos, chilangos o rancheros, somos tú y yo, y todos formamos parte de los problemas que hoy vive el país, pero igualmente podemos ser parte de las soluciones.
Así pues, te invito a que empieces por conocerte a ti mismo, y reconocer tus errores y limitaciones; si te haces consciente de los actos que conforman tu vida cotidiana, esforzándote por hacer las cosas bien y dar un buen ejemplo, te aseguro que estarás haciendo patria en cualquier lugar donde estés, trabajes o te desenvuelvas; y este es el tipo de mexicanos que necesitamos ser, ciudadanos conscientes, a lo que te reta otro mexicano que, igual que tú, tiene sed de justicia, hambre de igualdad, de estabilidad para su familia, de un trabajo digno, de mejores condiciones para vivir, de respeto, de seguridad, y de que prevalezca el “Estado de Derecho”.
Agradezco de antemano tu valioso tiempo.
Me despido dejándote 2 cosas:
1. Unas reflexiones sobre “los Mexicanos”, que ojalá te pongan a pensar un poco:
Video 1:
Video 2:
Video 3:
Video 4:
Video 5:
Video 6:
2. Un magnífico ensayo del escrito Alan Riding titulado “Los Mexicanos”, escrito en 1987.
Leelo analíticamente!! Y el que no se identifique, aun que sea un poco, es porque definitivamente no es Mexa… ¿o no?
Riding, Alan.
Los Mexicanos.
Vecinos distantes.
Joaquín Mortiz.
México, 1987.
Los Mexicanos
El autor analiza algunos rasgos que caracterizan a los mexicanos y cómo están influenciados por su historia. Se refiere, a los elementos esenciales que tiene el mexicano como: el contraste entre el ritual y el desorden, prefiere ser individualista más que trabajar en equipo, tiene una enorme fuerza interior, su sentido particular del tiempo, su fatalismo sonríe el futuro, su gran calor humano, su temor a que las mujeres lo traicionen, vive retrospectivamente, su manera de relacionarse con otros hombres, las apariencias para reflejar una posición social, el lenguaje que utiliza. Por último, concluye que México y los mexicanos no pueden desligarse de un pasado que prefieren contemplar, que obscurece el presente y conforma el futuro.
I
Entre el ruido y el humo de la ciudad de México hay una tranquila plaza donde el moderno edificio de la secretaría de Relaciones Exteriores y una iglesia colonial del siglo XVI contemplan los restos de las pirámides prehispánicas de Tlatelolco. El gobierno la ha llamado la Plaza de las Tres Culturas, como símbolo del patrimonio de sangre mixta o mestiza de México. En el frente de la iglesia hay una placa con las sencillas y conmovedoras palabras: "E1 13 de agosto de l521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy".
Sin embargo, los dolores de parto de la nueva raza mestiza no han terminado. A más de 460 años de la Conquista, no se ha asimilado el triunfo de Cortés ni la derrota de Cuauhtémoc, y aún se sienten repercusiones de aquel sangriento atardecer en Tlatelolco. Hoy día, 90 por ciento de los mexicanos son mestizos, en términos estrictamente étnicos, aunque como individuos sigan atrapados en las contradicciones de su ascendencia. Son tanto hijos de Cortés como de Cuauhtémoc, no son españoles ni indígenas, son mestizos, aunque no admitan su mestizaje. También como país, México busca interminablemente una identidad y oscila, en forma ambivalente, entre lo antiguo y lo moderno, lo tradicional y lo de moda, lo indígena y lo español, lo oriental y lo occidental. La complejidad de México radica tanto en el enfrentamiento como en la fusión de estas raíces.
Los mexicanos no tienen problema alguno para entenderse entre ellos. Lo logran por medio de las claves secretas -costumbres , idioma y gestos- que, inconscientemente, aprenden desde la infancia, y aceptan la consistencia de sus inconsistencias como parte de un patrón establecido que tan sólo repiten. Empero, sufren cuando tratan de explicarse a sí mismos. Se dan cuenta de que son diferentes -no solo, de los estadounidenses y europeos, sino también de otros latinoamericanos-, pero parecen desconocer el motivo. Se ha pedido a poetas, novelistas, filósofos, sociólogos, antropólogos y psicólogos que definan la "mexicanidad", pero incluso ellos se confunden cuando tratan de distinguir las "máscaras" de los rostros "reales" de la personalidad mexicana. Hay un aire mágico, inasible, casi surreal en los mexicanos. Y, lo que es más frustrante aún, cuando llega a ser captado por una descripción, se disfraza de caricatura.
La clave radica en el pasado, en un profundo pasado subconsciente que está vivo en los mexicanos de hoy. Se trata de un pasado continuo, pero no consistente. En él, los mexicanos deben conciliar el hecho de ser conquistados y conquistadores, de conservar muchas características raciales y rasgos de la personalidad indígena, e incluso glorificar sus antecedentes prehispánicos, al tiempo que hablan español, practican el catolicismo y piensan de España como la madre patria. El legado del pasado también es abrumador para la sociedad. Sobre las ruinas de una larga sucesión de imperios teocráticos y militaristas, Cortés impuso los valores de una España profundamente católica e intelectualmente reprimida. Así, pues, la Conquista reafirmó una fuerte tradición de autoritarismo político y omnipotencia divina que, aún ahora, resiste las incursiones del liberalismo occidental.
Hubo otros países de América Latina conquistados y colonizados por la Península Ibérica, pero los resultados fueron diferentes. Las colonias del Caribe y las costas del Atlántico, muy poco pobladas, se formaron con emigrantes de Europa y, posteriormente, con esclavos de África. En los países de América Central y los Andes, donde subsisten poblaciones indígenas numerosas, los europeos de sangre pura siguen siendo las clases dominantes. Sólo México es verdaderamente mestizo; es la única nación del hemisferio donde se dio el mestizaje religioso y político, además del racial; tiene el único sistema político que se debe entender dentro de un contexto prehispánico; y sus habitantes son todavía más orientales que occidentales. Son pocos los países del mundo donde el carácter de la gente se refleja tanto en su historia, política y estructura social, a la vez que es reflejo de ellas.
Algunas veces, parece como si los españoles ocuparan el cuerpo de los mestizos y los indígenas conservasen el control de su mente y sentimientos. A fin de cuentas, el espíritu superó a la materia. La mayor parte de los mexicanos meditan y filosofan, son discretos, evasivos y desconfiados; son orgullosos y vigilantes de las cuestiones de honor; se ven obligados a trabajar mucho, pero sueñan con una vida de holganza; son cálidos, ocurrentes y sentimentales y, en ocasiones, son violentos y crueles; son inmensamente creativos e imaginativos y, sin embargo, resulta imposible organizarlos porque en lo interno tienen ideas definidas y en lo externo son anárquicos. Sus relaciones entre sí-y con la sociedad considerada en general-se guían por las tradiciones más que por los principios, por el pragmatismo más que por la ideología y por el poder más que por la ley.
El contraste más extraño de todos pudiera estar en el ritual y el desorden que parecen coexistir dentro del mexicano, aunque ello ilustra también el predominio de lo espiritual sobre lo material. La preocupación por el aspecto emocional y el espiritual de la vida es visible en una poderosa religiosidad, en el apego a las tradiciones, en la conducta ceremoniosa y la formalidad del lenguaje. La eficiencia mecánica, la puntualidad y la organización de una sociedad anglosajona parecen no tener sentido en este contexto. El mexicano toma en cuenta más lo que uno es que lo que hace, el hombre y no el puesto que ocupa: trabaja para vivir y no a la inversa. Puede enfrentar el caos externo siempre y cuando sus preocupaciones espirituales sean atendidas, pero no puede permitir que su identidad sea opacada por fuerzas humanas. Más bien, interpreta el mundo de acuerdo con sus emociones. En un entorno de desorden aparente, puede improvisar, crear y, finalmente, imponer su personalidad a las circunstancias. En el fondo, en aras de expresar su individualidad, contribuye al desorden.
Esta actitud básica es evidente en todos los aspectos de la vida. El mexicano no es jugador de equipo: en los deportes sobresale en el boxeo, pero no en el fútbol; en el tenis, pero no en el básquetbol. Le resulta difícil aceptar una ideología que exija congruencia estricta entre sus ideas y sus actos. Incluso los derechos legales, con frecuencia, se deben filtrar por las facultades discrecionales de los individuos convirtiéndose en favores personales. Y, aunque la influencia del mexicano puede derivar de su posición política, la ejerce como proyección de su personalidad. Quizá porque reconoce que la autodisciplina y el respeto de la ley necesitan algún sustituto para que la sociedad funcione, también acepta los dictados impuestos por un genio colectivo autoritario. Así, desde la familia hasta la nación, las reglas que operan son virtualmente tribales. Si quiere ser parte y sacar provecho, ha de respetar las reglas.
Como portador de las creencias, costumbres y pasiones acumuladas a lo largo de muchos siglos, el mexicano es dueño de una enorme fuerza interior. Y, así como esta se manifiesta en un sentido metafísico de la soledad, también hace erupción en una creatividad casi sin control. Los templos, las esculturas, las alhajas y la cerámica legados por los civilizadores prehispánicas pertenecen a una tradición intacta de la expresión artística. Hoy día, no sólo los indígenas, sino también los mestizos, siguen siendo extraordinarios artesanos, en una tradición que todavía considera que un meticuloso sentido del detalle y el diseño son más importantes que la producción en masa. Todos sus tejidos, cerámica, orfebrería y tallas en madera tienen un sello personal distintivo. Su desafiante empleo de los colores-rosas, morados, verdes y naranjas-no es menos original y refleja al mismo tiempo las flores naturales y las de papel que adornan sus vidas. La interminable variedad de los platillos mexicanos y su cuidadosa presentación ofrecen un campo donde se combina el ritual y la improvisación. Además, los mexicanos se echan a cantar a la menor provocación.
Los mexicanos incluso han hecho frente al sentido occidental del tiempo. Las culturas que miran el nacimiento como un principio y la muerte como un final no pueden tener sentido de un pasado vivo. Los mexicanos no consideran que el nacimiento o la muerte interrumpan la continuidad de la vida y tampoco les conceden demasiada importancia. Se hace burla de la muerte en canciones, cuadros y arte popular. Cada noviembre, en el día de muertos, los mexicanos se arremolinan en los cementerios de todo el país, llevando flores e incluso alimentos y bebidas a las tumbas de sus antepasados, en forma muy parecida a la usanza azteca. La creencia en la comunión con los muertos está muy difundida, pero no en un sentido psíquico o espiritual, ni en función de una fe cristiana creyente en el más allá, sino simplemente como una derivación del conocimiento de que el pasado no está muerto.
Por el contrario, el futuro se contempla con fatalismo y, por ende, el concepto de planificación resulta anormal. Pensando que el curso de los acontecimientos está predeterminado, los mexicanos no encuentran gran justificación para disciplinarse en una rutina. Los empresarios pretenden obtener utilidades rápidas y abundantes, en lugar de intentar la expansión del mercado a largo plazo; los individuos prefieren: gastar a ahorrar-quizá ahorren para una fiesta, pero no para un banco-, e incluso la corrupción refleja el concepto de aprovechar la oportunidad en el momento y enfrentar las consecuencias después. Los departamentos de planificación han existido desde hace mucho tiempo en el gobierno, pero sus planes pertenecen al reino de la fantasía, y hacen las veces de manifestaciones idealistas de buenas intenciones, en lugar de series de objetivos por alcanzar. La ambición, en un sentido estadounidense meritocrático, prácticamente no existe fuera de las clases medias urbanas. El mexicano quizá trabaje tanto como sus antecesores indígenas, pero sueña con emular a sus antepasados españoles, a aquellos que llegaron a conquistar y no a trabajar; la imagen del hito éxito es más importante que cualquier logro concreto.
El tiempo mismo entraña reglas que deben desafiarse. Cotidianamente, la puntualidad parece poco valiosa, ya que no vale la pena truncar nada importante o grato en aras de un compromiso futuro: el llegar tarde a una cena, una hora o más, no merece una disculpa; por el contrario, lo grosero es llegar a tiempo. Se conciertan citas, tanto con un ejecutivo como con un fontanero de barrio, con pocas esperanzas de que sean cumplidas, y nadie se molesta mucho cuando no se respetan. La costumbre del ausentismo después del fin de semana ha llegado a institucionalizarse en el "San Lunes", que en sí se considera explicación suficiente. En muchas ocasiones, la lógica no funciona: una sirvienta puede abandonar su empleo el día antes de recibir su paga, meramente porque sintió ganas de irse. Por consiguiente, el síndrome del mañana no es síntoma de ineficiencia o pereza crónicas, sino más bien evidencia de una filosofía del tiempo totalmente diferente. Si el pasado está seguro, el presente se puede improvisar y el futuro vendrá por sí mismo.
Así, los desastres que le acontecen a los mexicanos no son desengaños importantes, puesto que están considerados como inevitables. El ni modo, con su connotación de mala suerte, o de que no había forma de prevenir el revés, es la respuesta normal ante un error o accidente. Las derrotas físicas incluso sirven para realzar el valor de los triunfos espirituales y subrayar la supremacía del espíritu sobre el cuerpo. El fatalismo es compañero de lo indígena. Las civilizaciones prehispánicas buscaban "señas" del futuro en el comportamiento de la naturaleza-o de sus dioses-, pero en modo alguno se sentían capaces de influir en los acontecimientos. En la época postcolonial, la Virgen de Guadalupe desempeñó el mismo papel, ofreciendo la esperanza de milagros, pero sin engendrar amargura cuando las peticiones quedaban sin respuesta. "Hasta ahora, los mexicanos han aprendido solamente a morir -escribió Samuel Ramos sombríamente, en los años treinta, en El perfil de México y su cultura, su obra clásica-, pero ya es hora de que adquieran el conocimiento de la vida."
En realidad, la crónica histórica de derrotas y traiciones del país ha preparado a los mexicanos para que esperen-y acepten-lo peor. Los héroes oficiales, desde Cuauhtémoc hasta Emiliano Zapata, invariablemente han muerto asesinados, mientras que los ideales sacralizados en leyes y constituciones han sido sistemáticamente traicionadas. "La tumba del héroe es la cuna del pueblo -escribió el poeta Octavio Paz en El laberinto de la soledad, su controvertido análisis de la personalidad del mexicano, y añadió-: Somos nihilistas-sólo que nuestro nihilismo no es intelectual, sino una reacción instintiva: por lo tanto, es irrefutable."
La primera "derrota" de la Conquista fue la que permitió a los colonizadores españoles inculcar en los indígenas un sentido de inferioridad étnica. Heredado por los mestizos, condujo a una forma de racismo que se manifiesta aun hoy en un menosprecio por los indígenas puros y un respeto especial por los güeros o blancos: muchos hombres piensan que ir acompañados en público por una güera es un distintivo de su posición social. Es más, este sentido también condujo ala auto denigración y a la inseguridad, las que, a su vez, fueron ocultadas, aunque no borradas, por las máscaras del machismo y la conducta bravucona. La imitación-primero de los españoles, después de los franceses y, más recientemente, de los estadounidenses-ofreció mayor protección, e incluso el pesimismo innato sirvió como defensa contra la decepción. Así, el mexicano huye de una realidad que no puede manejar y entra en un mundo de fantasía donde el orgullo, el idealismo y el romance pueden florecer con seguridad y donde la pasión domina a la razón.
Detrás de la cauta ceremoniosidad del mexicano se esconde un gran calor y sentido humano. La familia extensa es el principal reducto seguro donde se pueden mostrar las emociones sin riesgo alguno, donde la lealtad incondicional está garantizada, donde se conservan las costumbres. El compadre y la comadre son figuras fundamentales dentro de la familia. El mexicano también siente fuertes vínculos con su barrio o pueblo de origen, donde las reglas son conocidas y las amenazas mínimas. Incluso cuando se encuentra entre amistades ocasionales, parece tener ganas de bajar sus defensas, de compartir cierto grado de confianza. Una vez establecido un vínculo emocional, una vez que existe una relación de cuate-literalmente, un gemelo-, es abierto y generoso, está deseoso de confiar y es hospitalario en grado extremo. Todo lo que pide es que su sinceridad sea correspondida. El hecho de invitar a un extraño a su casa se convierte en un acto de gran simbolismo: está mostrando la cara real de su forma de vida al compartir la intimidad de su familia.
La inseguridad del hombre mexicano se ilustra mejor con su constante temor a que las mujeres lo traicionen. Una explicación antropológica contemporánea sigue siendo atractivamente clara: el mestizaje de México se inició con la unión de hombres españoles con mujeres indígenas, inyectando de inmediato, a la relación entre hombre y mujer, los conceptos de la traición por parte de la mujer y la conquista, el dominio, la fuerza e incluso la violación por parte de los hombres. Así como el conquistador nunca pudo llegar a confiar plenamente en los conquistados, el macho de hoy debe, por consiguiente, protegerse contra la traición. Al combinarse la obsesión de los españoles por el honor con la humillación de los indígenas al ver a sus mujeres tomadas por la fuerza surge la forma de machismo mexicano particularmente perversa: la defensa del honor del español se convierte en la defensa de la frágil masculinidad del mexicano.
En la práctica, esto toma la forma de la adoración por el ideal femenino, ejemplificado en la imagen de la doliente, abnegada y "pura" Virgen de Guadalupe y personificado en la madre de cada mexicano, considerada fuente de vida y, por ende, incapaz de traicionar. Por el contrario, la esposa, quien como objeto sexual está considerada una aberración de la perfección femenina, ha de ser humillada, toda vez que la fidelidad o el afecto excesivos del esposo implicarían vulnerabilidad o debilidad. Las amantes ofrecen al hombre la ocasión de conquistar y traicionar antes de ser traicionados. El resentimiento de la mujer contra su marido se traduce así en un abrumador cariño por su hijo quien, a su vez, la eleva al nivel del ideal femenino, pero quien como esposo sigue el ejemplo del padre.
Sea o no totalmente válido este análisis neofreudiano, en México la relación entre hombre y mujer, con frecuencia, se caracteriza por tensiones y desconfianza. Como los hombres, las mujeres pasan también la mayor parte del tiempo con seres de su mismo sexo y mucho más con sus comadres. El contacto con los hombres es demasiado complicado para ser casual, e incluso en las reuniones sociales la mujer o se pega a su esposo, o se reúne con un grupo de mujeres. Así, a las mujeres también se les asigna un ritual al que deben adherirse, actuando como madres y creadoras del hogar y aguantando una terrible presión social y familiar cuando deciden seguir una carrera. Pero en ambos casos son el eje de la familia, el punto de referencia más confiable en una sociedad donde el fenómeno de los hijos ilegítimos, los hogares rotos y los padres ausentes está muy extendido.
Mientras busca puntos de seguridad, el mexicano vive introspectivamente gran parte del tiempo. La fiesta le proporciona una catarsis vital para esta soledad y moderación. El pretexto puede ser una celebración religiosa o patriótica, un cumpleaños o santo, o quizá un sinnúmero de fechas especiales: el día de la madre, el padre, el niño, el compadre, el maestro, el albañil, el cartero, el taxista, el basurero, la secretaria, el soldado y muchos más que tienen un día especial para recibir regalos y abrazos, así como para perseguir la felicidad en forma organizada. Cohetes, trompetas, canciones y gritos rompen el silencio interior de los mexicanos. Después, desatados por el alcohol, brotan el sentimentalismo, la autocompasión y la frustración que, por regla general, se encauzan inocuamente en canciones populares que articulan la amargura de un amor mal correspondido y el honor de una muerte violenta y que, en ocasiones, se manifiesta en inesperadas explosiones de agresión.
La Plaza Garibaldi, en la ciudad de México, con sus muchas cantinas y sus mariachis, es un monumento a este psicoanálisis instintivo al cual acuden los mexicanos a descargar sus corazones y a llorar por lo que ven. "Entre nosotros, la fiesta es una explosión, un estallido-escribió Octavio Paz-. Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entre devorarse. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noece de duelo. "Emborracharse es un ritual en sí, una oportunidad para manifestar amor y odio. Los mexicanos, sólo medio en broma, incluso hablan de las cuatro etapas de una borrachera o parranda entre amigos: brindis por la amistad; recuerdo de ofensas pasadas; críticas a la iglesia y al gobierno; cantos y bailes folklóricos. Si no tuviera el escape de la fiesta, la sociedad mexicana sería más inestable y caprichosa.
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REFERENCIAS
2. El Laberinto de la soledad. Octavio Paz. México. 1970.
3. Los Mexicanos. Alan Ridding. 1987.